Calabria was not Camelot

Image of the last ERC National Council during Marta Rovira's intervention. / ERC

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Que las organizaciones políticas de la izquierda catalana viven momentos difíciles es tan evidente como incontestable el creciente cuestionamiento de los cuatro principios sobre los que se han construido: democracia, derechos humanos, reparto equitativo de la riqueza y el catalanismo. A todo ello se debería añadir el ataque a la persona militante que opte por compartir una acción política para avanzar eficazmente en el camino de hacer realidad un anhelo. Figura que en los últimos años ha sido denostada por un relato reaccionario, que, por otra parte, también ha incluido la del “sindicalista”.

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Nada ha sido gratuito ni espontáneo. La reacción ha contado con el viento a favor de los cambios vertiginosos experimentados en nuestra sociedad, normalizadores de la supeditación del bien público y la justicia social al individualismo y al sálvese quien pueda. El resultado ha sido lo suficientemente catastrófico como para que el desprestigio de la política y de la afiliación planee entre el gran público y se asocien perversamente más con los intereses personales que con el altruismo.

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En cualquier caso, los datos de afiliación a los partidos de izquierda evidencian una alarmante incapacidad para atraer a las nuevas generaciones. Una panoplia, pues, de incertidumbres de presente y temores por lo que vendrá. Y de confusiones en las izquierdas sobre cómo encarar las soluciones, por lo que cada una de las fuerzas catalanas de izquierda debería resolver sus contradicciones teniendo presente este déficit. De ahí que la crisis abierta en ERC a raíz del manifiesto promovido por buena parte de los compañeros de Junqueras en la dirección para que renunciara a presentarse como candidato a la presidencia en el próximo congreso haya despertado un interés que sobrepasa el marco estricto de su partido.

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Es un caso especialmente interesante porque se trata de una organización que, como producto de su ideología republicana, responde a una tradición organizativa donde la horizontalidad (asamblearismo) está más presente que en los partidos de tradición marxista. En definitiva, un profundo protagonismo de la militancia de base, ajena a la profesionalización, que explica la madurez patente en los últimos años a la hora de encarar el post 1-O.

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Así ha sido como el compromiso colectivo de la militancia, pese a no contar con la complicidad de las demás patas del independentismo organizado y pese a vivir en un escenario presidido por la represión, ha permitido a ERC compatibilizar la gestión de las contradicciones que genera la gobernanza en las distintas instituciones con la necesidad de ganar la batalla ideológica de cómo aplicar una nueva estrategia independentista para una Catalunya y una Europa muy distintas a las de 2017.

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Hacer hegemónica, en definitiva, la idea de que la resolución de conflicto nacional requiere tanta progresividad, acumulación de fuerzas y colaboración con el conjunto de los partidos catalanistas como complicidad con las izquierdas españolas, vascas y gallegas. Una batalla no concluida y lo suficientemente gigantesca como para que se haya tenido que pagar el precio de sucesivos retrocesos electorales.

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Es absolutamente ejemplar cómo la militancia de ERC ha sido capaz de gestionar de forma ponderada su protagonismo en favor de la estabilidad interna. Un cerrar filas y un dejarse guiar por la sensatez y la solidaridad hacia una dirección comprometida en la consecución del bien superior de la amnistía.

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De ahí que cayera como una losa el inesperado manifiesto. Un choque psicológico sufrido por la militancia al descubrir que en la mesa redonda de sus dirigentes la fraternidad competía con estrictas luchas de poder. Crisis que, afortunadamente, la propia militancia, tanto el 10% que ha firmado dicho documento como el resto, sabrán metabolizar a la manera republicana: votando en noviembre a los candidatos que se postulen para competir frente a Junqueras y, por encima de todo, debatiendo y contrastando ideas.

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Una vez más, el republicanismo hace de liebre y se ha convertido en laboratorio de cómo las izquierdas tendrán que afrontar la regeneración, la falta de funcionalidad y una mayor participación democrática en sus organizaciones.

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Celebramos, pues, que la superación del callejón sin salida quede en manos del “militante”, arquetipo; utilizando una expresión recurrente en la literatura política republicana de principios del siglo XX, de la “persona de ideas” entregada al “Ideal”.

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